sábado, 31 de marzo de 2018

Belfegor.
"Oh vosotros los que entráis, abandonad
toda esperanza" (Infierno III: 9)


Poco recuerdo de mi infancia, para ser preciso poco recuerdo de mi vida, lo único que siempre recuerdo es esta historia ya corrompida…
Como cada día me levanta la luz de ese tremendo astro, ese que quema lentamente con sus rayos mis pupilas. Tal vez ni siquiera me levanta, quizá ni siquiera he estado dormido.  Desde hace varios días he perdido el sueño, un recuerdo me atormenta, quizás fue un sueño, quizás fue una mentira, quizás sólo un colapso mental pero esto me está calcinando día con día.
Hace cuatro noches apareció en mi mente el siguiente recuerdo:
Aparezco en escena junto a mi viejo, como solía decirle a mi abuelo. Él era un hombre amable y gentil, de los hombres más ricos, considerado el más sabio de la región por ciertos conocimientos que adquirió acerca del cultivo. Además de eso, todos pensaban que estaba eternamente bendecido debido a su excelente suerte para la siembra y el comercio, en todos sus años trabajando, nunca había perdido ni un solo peso y sus campos siempre florecieron; era inexplicable ver que en tiempos de sequía todos los campesinos de la zona eran cruelmente afectados por ella, excepto, siempre, mi abuelo. Otra característica de él era ser  misterioso, parecía que siempre celaba algo o quizás un todo. Solía dar largas caminatas al término de su jornada en las cuales, a pesar de estar sumamente enamorado de mi abuela y tener siempre alguien queriendo acompañarlo, prefirió ir sólo en todas aquellas ocasiones.
 Un sábado de algún abril me encontraba paseando por las cercanías del río cuando vi a mi viejo entrar en una especie de cueva. Lo seguí sigilosamente ocultándome entre árboles y arbustos, jamás había visto esa guarida, al aproximarte a esta sentías como todo tu cuerpo se estremecía como si estuvieses frente a una fuerza oculta, nunca poseí tanto terror como en esa tarde, sensación que a partir de ese día se convertiría en algo muy familiar para mí en la posteridad.  Ni la persona más valiente hubiera sido capaz de bloquear esas sensaciones de pánico que dicho lugar sublimaba, quise gritar, llorar, sentí por primera vez la sensación de perder mi ser en un segundo, quizás es la misma sensación cuando alguien está a punto de morir físicamente o espiritualmente. A pesar de terror sentido, permanecí persiguiendo a mi abuelo, quise resolver el enigma del porqué estaba ahí, además tenía tantas preguntas acerca de las emociones sentidas en ese sitio. Caminé y caminé sentí que nunca terminaría, parecía un laberinto, mi miedo aumentaba, hasta que, en cierto puesto percibí una serie de destellos de algún paraje del camino, nunca olvidaré esa luz, su color era tan indefinido, parecía toda una serie de colores mezclados perfectamente. Me cuesta bastante trabajo y en cierto punto me resulta un tanto improbable ser capaz de describir lo observado en esos instantes con exacerbada exactitud.
Deberás tener en tu ser una parte de oscuridad para comprender lo siguiente que intentaré relatar lo más apegado a lo capturado por mis pupilas.
Caminé así, despacito, sigiloso, procurando no alarmar en mis pasos, cada uno de ellos dados con toda la precaución posible, llegué a percibir el precipitado palpitar de mi corazón como único ruido atmosférico, no había sonido de aves que comúnmente abundaban en los alrededores, no se escucha animal alguno ni siquiera el sonido de cauce del río. Y de repente lo vi, entre el temor, luces y vapores estaba allí, tan magníficamente perverso, tan bellamente sublime, -¡qué desmesurado ser! -fue en lo único que pude pensar. No estoy escrupulosamente seguro de lo que era, un ángel, un demonio, un simple ser, no tengo la más remota idea, pero qué interesa si ángeles y demonios en cierto punto parten de la misma raíz, los dos son creaciones de un “Dios”, unos guiados por instintos e impulsos y otros por lealtad. Con esto no quiero decir que no tuve pánico en el momento pero hubo un instante en el cual mis terminaciones nerviosas cedieron y sólo quedé prendido por dicho ser, sensación que duró sólo un par de minutos antes de volver a mi estado pusilánime tan humano. Físicamente podría ser descrito como lo más exorbitante visto en mi vida, lo primero de lo que me percaté fue de sus pies, que más bien parecían unas patas de algún animal, lo más sensato es pensar que eran de  lobo, era algo que nunca había visto, ni en mi más fantasioso sueño; era alto, alto como un palo amarillo, o quizás como un mezquite, su musculatura me recordó a las historias que me narraba mi viejo acerca de los guerreros espartanos, aquellos nacidos para la batalla, musculosos como si juntases a tres de los hombres más fuertes del pueblo. Tal vez podría ser un descendiente de Heracles aunque mucho lo dudo. Fue la cosa más musculosa de la cual tengo memoria. Pánico sentí al ver su rostro, en este preciso instante tirito de miedo al intentar recordar aquella cara. Era estremecedor, era esa clase de semblante que quisieras olvidar, esa clase de rostro que te cuentan en las peores historias de miedo, aún evoco aquella combinación de su prolongada barba, su repugnante nariz y sus estremecedores ojos, son algo por lo cual todos los días posteriores a ese suceso desee no haber estado en ese sitio y en especial ese día. Sus ojos emanaban furia, poder, control, no pude ni siquiera atreverme a mirarle los ojos más de un par de segundos, sentía que me quemaban, que me hechizaban, caía en un profundo estado de exaltación. Tenía unas asquerosas y largas garras, esto junto con otro rasgo característico de su fisonomía me llevó a la conclusión de que lo que observaba no era un ángel ni mucho menos, lo que estaba frente a mí era un monstruo, para ser preciso un demonio. Aquél dichoso rasgo eran un par de cuernos, terroríficos como todo en su ser.
-No venís sólo, alguien te acompaña este día-. Fueron las palabras que vociferó aquel espécimen, las cuales fueron causantes de que mi palpitar se hiciera bastante lento a tal modo que me sentí muerto por un instante. Lentamente desvió su mirada hacia mí, fue tan lento el movimiento que sentía como el aire se movía al compás de su mirar, me había pillado. Mi viejo sudando en demasía, volteó rápidamente y por primera vez vi la imagen de mi héroe desmoronarse frente a mí, aquél hombre que no le temía a nada, valiente y gallardo, desaparecía tras un hombre con miedo de perder algo que ama o el simple miedo de perderse a sí mismo. El ser comenzó a acercarse paulatinamente hacia mi posición, yo me encontraba más muerto que vivo para ese entonces, estaba paralizado, pensé que era el fin, me imaginé aquel demonio devorándome y arrancado cada una de las extremidades de mi cuerpo hasta hacer que muriese desangrado. Imaginé la peor de las muertes para mí, pero algo más me angustiaba y a la vez me interrogaba, en primera, ¿qué hacía mi abuelo ahí?, en segunda, ¿lo mataría al igual que a mí?, y la tercera ¿cómo es posible que algo así existiese? Sólo recuerdo haber cerrado los ojos y haberme perdido en mi miedo, rezando en mi mente y alma una oración que sabía perfectamente no me salvaría en aquel momento. Cuando abrí los ojos observe a mi abuelo entre aquel demonio y yo, defendiéndome como siempre lo había hecho, estaba muriendo de miedo, olía su miedo, sentía como se estremecía al tener contacto con el demonio.
-Vaya, vaya, ¿conocéis a este fisgón?. Fue lo que a continuación mencionó, cada que articulaba un sonido o una palabra sentía la necesidad de desprenderme la piel para crear una capa en la cual pudiese ocultar todo el pavor que sentía. Mi abuelo como pudo, tragando más valor que saliva, le contestó:
 -Carne de mi carne y sangre de mi sangre es, hijo de mi heredero. No lo lastimes te lo imploro señor, castígame a mí pero a él déjelo huir-.Yo como pequeño niño espantado en plena tormenta me refugiaba en la camisa de mi viejo, mi miedo y el suyo estaban ahora en perfecta sintonía. Aquél ser se echó a reír tan malévolamente que el aire se me iba en cada risa que producía.
-Viejo, viejo, no me vengáis a decir lo que debo o no hacer. Mmm hueles tan bien, hueles a miedo, yo me alimento de eso, ¿sabéis quién soy?- Dijo mirándome fijamente, estaba a punto de colapsar, no pude articular palabra, así que la única manera de responder a su interrogante fue moviendo la cabeza diciendo que no. – ¡Vaya!, al parecer este viejo no te ha criado bien, o no te ha contado sobre la fórmula de su éxito como hacendado. Tengo tantos nombres alrededor del mundo que no estoy seguro de cuál usar contigo pero soy más conocido como BELFEGOR, sí, como lo piensas soy un demonio, soy uno de los siete caballeros del infierno, soy el demonio de la pereza y me han invocado a través de los siglos escorias como tu abuelo. Cuéntale la historia viejo bastardo.- Mi abuelo como pudo entre tartamudeos, palabras mal articuladas y palpitaciones excesivas me contó la historia:
-Hace mucho tiempo vagaba en las cercanías de este lugar, estaba desdichado, mis padres habían muerto hacía un par de meses y todo lo que nos dejaron se había perdido por gastos funerarios y mala administración, lo único que nos quedaba a mi hermana y a mí era la vieja hacienda que perderíamos en poco tiempo, era tiempo de sequía, no producía nada y no había dinero para comprar semillas y pagarle a los jornaleros, estaba desesperado, mi hermana moriría de hambre al igual que yo. A lo lejos escuché un silbido, era escalofriante al escucharlo pero algo dentro de mí me decía que lo siguiera, alguna cosa en mi interior fue hechizada por ese sonido. Lo volví a escuchar, y fui siguiéndolo lentamente con miedo pero con esa sensación de querer saber más. El sonido me condujo hasta la entrada de esta cueva, recuerdo perfectamente aquel 3 de abril de 1930. Ciertamente desconozco lo que tú, pequeño, has sentido al verlo, pero lo que yo sentí es algo que sigo sintiendo cada vez que me presento frente a él, es una sensación de estar muerto en vida. Esa ocasión no necesitamos palabras, habló conmigo por medio de mi mente, yo sólo tenía que pensar para comunicarme con él. Me ofreció un pacto, yo tenía que entregarle mi alma y venir a ofrecerle tributo animal cada año; a cambio el me daría dicha eterna, mis campos florecerían, tendría dinero a montones, mi descendencia no tendría que pasar hambre ni miseria, además de darme fuerza y grandes conocimientos, me enseñó los secretos de la tierra. Aunque parezca abominable, Belfegor ha sido mi maestro, mi ruina y mi salvación. Perdóname hijo mío, no soy el héroe que pensaste, ni cerca de serlo estoy, ahora sal de aquí, huye tú que aún puedes, conviene que no hables de esto, conviene que lo olvides.- Lágrimas tornearon por mis ojos, nunca estuve tan confundido por algo, salí  escabulléndome como vil rastrero de ese lugar y lo único que escuché fueron las estrujantes risas de Belfegor, junto una gran discusión en el interior de aquel sitio, altercado que no pude  prestar atención debido a que me encontraba hundido en mis pensamientos. Huí lo más rápido que pude.
Y, cuando llegué a la hacienda, desperté o quizás no...


FIN.

-Abril Vega