lunes, 20 de octubre de 2014

La maldición de las hojas que caen

Yo existo, en otoño existo.
Camino y no importa nada más. 
Respiro. Aire húmedo y frío. 
Me detengo, cierro los ojos y siento.
Imagino y luego miro esqueletos que bailan. 
Sueño con cielos naranjas y noches negras. Luego despierto.
Comienzo a correr, aun no he despertado. Corro más rápido. 
Es una maldición .

Subo al tejado. Miro al vacío. No distingo el aire del suelo.
Salto.
Golpeó el suelo y mis huesos se quiebran como ramas.

Es medianoche. El reloj debería comenzar a sonar.
Silencio. El día para mi apenas comienza. 
Callo, luego escucho.
El sonido del viento que arrastra las hojas por el suelo. 
Inhalo. Es humo de cigarro y algo mas.
Exhalo hambre y ambición. 
El camino esta mojado. 
Veo pasar las sombras de árboles muertos.
Aleteos, cantos y fuego.
Dientes, cripta y altar.

Me muevo más rápido.

Cada pazo un golpe en el pavimento. 
Todo comienza a desaparecer.
Deambulo entre la niebla.
Mis ojos son bulbos de luz.
Me siento muerto. Me siento lleno de vida.
Sed. Mucha sed.
Estoy perdiendo mi cuerpo. Ya no soy yo.
Deseo morir. Quiero vivir para siempre.
Es una maldición. La peor de todas.
No empieza ni termina.
Grito. Lloro. Río. Temo. Gozo.
Ya no hay vuelta atrás. 
No hay descanso para los malditos.
No hay cura para lo que no se ve.
Estoy perdido. Me gusta estarlo.
De pronto; obscuridad.

Siento la tierra entre mis garras.

Es la maldición, la peor de todas. La mejor. 
No puedo despertar. Nunca voy a despertar. No quiero hacerlo.


-Mario Guerrapin.

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